Un, dos, tres… ¿se me oye?

Nos gusta poner nombre de santos a los días del año, al menos antes debido a la tradición cultural cristiana de la que procedemos. Veinticuatro horas que recordarán la buena labor realizada por un hombre durante su paso por el mundo, en gran número mártires o, lo que es lo mismo: muertos por la causa.

Como todo, también esta tradición ha evolucionado y ya no tenemos el día de San Fulanito o San Menganito. Ahora es el “Día de”, que, según lo sueltan, recuerda el momento del Desembarco de Normandía.

El más famoso de los “Días de”, por estas fechas, es el 14 de febrero, “Día de los enamorados”, o, para los más religiosos, San Valentín. No es éste el motivo de mis líneas.

Quería destacar la labor “no callada” (si fuera en silencio, menudo invento) de las mujeres y hombres de la radio tras el paso del Día Mundial de este medio. Para unos es el veneno que, una vez en sus venas, no pueden vivir sin él. Para otros la esencia del mundo se basa en la palabra. Podríamos recoger miles de bellos pensamientos sobre la hija de Guillermo Marconi que aquellos que la han degustado, ya sea dentro o fuera, tienen en mente.

A mí, si soy sincero, me toca la fibra. Claro está, después de un periplo en el que, radiofónicamente viviendo, dirigí informativos, realicé programas autonómicos y nacionales, me dirigí hacia toda España con crónicas de momentos relevantes, presenté magazines matinales y vespertinos, moderé y participé en tertulias, saqué adelante programas deportivos, me convertí en reportero a pie de campo en las retransmisiones deportivas, canté goles desde el estudio, ejercí de jefe técnico, grabé cuñas y jingles, trabajé decenas de especiales por fiestas patronales u otros motivos, diseñé espacios, busqué contenidos, llegué a generar una docena diaria de informativos, encuesté a los ciudadanos, les llamé por teléfono, llevé a cabo concursos, entrevisté a todo tipo de personas, incluso parodié, canté e imité. La magia de la radio me permitió todo eso y más.

Este espacio en el interior de la boca del metro de la Glorieta de Bilbao recuerda la importancia de la radio

Este lugar de la boca del metro de la Glorieta de Bilbao recuerda la importancia de la radio

Ahora, como en la fotografía, encontramos un viejo espacio que nos sirve para identificar el desolador panorama que viven los medios y, especialmente la radio. Desde este lugar se buscaba proteger la radio, quién nos lo iba a decir. En la década de los años 20 apareció este pequeño habitáculo, similar a una hornacina, donde se facilitaba el seguro de un aparato tan valioso como era el de radio para una familia. También se buscaba su reparación en caso de avería.

Una auténtica metáfora de nuestra radio actual: sin seguro, abandonada, desaliñada, deteriorada. Preguntarse si otra radio es posible o si el actual modelo tiene futuro sólo el tiempo lo responderá. Hasta ahora, la radio ha sabido defenderse de los envites de los medios que han venido sucediéndola, de los agoreros que han pronosticado su desaparición, de los empresarios codiciosos y manipuladores que se han servido de su credibilidad para campar a sus anchas entre la opinión pública o de falsos adalides que se vendían como los precursores del medio y que enseguida le dieron la espalda por el vil metal.

Sangre, sudor y lágrimas acompañan a la historia de la radio y la de los héroes que trabajaron en ella. Quiera Dios que todavía quede alguno y que haya un futuro para la insustituible compañera de fatigas de millones de personas.

Por cierto, Miguel Ángel Revilla está escuchando un pasodoble español.

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